LALA
- Oct 10, 2014
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Por Gustavo A. Abril Peláez

Lala era una mujer tenaz, testaruda y decidida. Cuando era aún muy joven, nada le impidió cargar con sus cinco pequeños para jugarse el presente y huir de un futuro que no deseaba para ninguno de ellos. Cuando ya era vieja, yo la visitaba cada vez que necesitaba un escape, porque junto a ella se pasaban volando las horas, pero el tiempo no transcurría. No era glamorosa, elegante ni sofisticada, de hecho era una mujer de modales ásperos, nada refinada; su tez morena, de un tono bronceado, contrastaba con esos ojos color de miel y expresión gitana; su figura gruesa y su aspecto pesado hacían juego con su voz fuerte y sus palabras toscas… Si no lo hubiera testificado el retrato amarillento que se sostenía a duras penas junto a la ventana, nadie hubiera imaginado que alguna vez fue una mujer tan bella. Cuando llegaba a verla, me convidaba sin falta a su mesa de patas cojas y sillas desiguales e insistía en alimentarme con huevos más que fritos, o carne algo quemada, pan recalentado, café del malo, y talvez un trago de ron de caña o algún vino barato. No me importaba que viviera en un barrio pobre o que su apartamentito de un sólo ambiente mostrara ese desorden tan desconcertante; tampoco me importaba el polvo amontonado en la máquina de coser que, olvidada en un rincón, contaba pasadas historias de remiendos, vestidos ajenos y noches desveladas, ni el mazo de cartas con el que, según yo, la señora se ganaba unos centavos extras embaucando a sus vecinas, prediciéndoles la buena y la mala fortuna. Al morir, Lala heredó lo que poseía a sus hijos, y aunque no sé a ciencia cierta lo que haya dejado a otros, puedo decir que yo recibí de ella una baraja española y una vida entera llena de palabras dulces, miradas amorosas, mimos, cariños y momentos incomparables. Ella era la preferida de mis cuatro abuelos, y yo, solo uno más entre sus once nietos.
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Fotografía: Tarot Reading

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