OBSTINACIÓN
- Oct 10, 2014
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Por Gustavo Abril Peláez

El épico ejercicio de la conquista romántica nunca había sido tan arduo para mí como cuando decidí conquistar a esa mujer. Pensé que iba a ser cosa fácil, pero me tomó tres meses de asedió a los que sumé una declaración de amor y dos apelaciones que obtuvieron por respuestas un “déjeme pensarlo unos días”, un “todavía no” y un “deme un poco más de tiempo” que por poco me llevan a la renunciación. Ella era temperamental e indómita; tenía un rostro precioso y el cabello negro y largo más bello que he visto en la vida, pero fueron sus ojos color marrón los que, a pesar de su mirada insolente y altanera, me perdieron en esa hermosa poesía con que el creador dibujó a la mujer. Su ansiado “Sí” transformó mi cumpleaños -15 de mayo, hace ya varias décadas- en uno de los más gratos que recuerdo, sin embargo, nuestro romance no sobrevivió a la guerra que libramos como un par de testarudos, incapaces de ponderar el amor, porque nuestros encuentros muchas veces fueron eso: ahogar el amor en orgullo, y tragarlo sin mostrar dolor. Si no fuera por el recuerdo de su olor a lluvia y el de la electricidad que creábamos con el roce de nuestros dedos, o el del fuego que surgía entre nosotros con la simple proximidad del beso, no sería capaz de comprender el sinsentido con que ambos arropamos ese sentimiento insufrible que, tan obstinadamente, quisimos llamar amor.

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