LAS PEDREAS DE LAS SEIS (Segunda Parte)

La noche se prolongó cargada de ruidos familiares en el bosque, los cuales, a pesar de ya no provenir de las pedreas, los sobresaltaban en gran manera. El ulular de una lechuza, el crepitar de las ramas de los árboles mecidas por el viento, el tronchar de grama seca pisoteada por animales montunos, el reptar ondulatorio de una mazacuata, el aletear de un gavilán nocturno, el veloz desplazamiento de un roedor en fuga… Todos los sonidos, magnificados por el miedo, parecían ahora extraños, fuertes y amenazantes. Llegó la madrugada y el canto del gallo los alivió de la angustia nocturna. Salieron de sus cobijas, cumplieron con su higiene y desayunaron sin decir palabra. El calor del fogón del poyo, el aroma del café, de las tortillas tostadas, los frijoles y el queso reanimaron su ánimo. Tuvieron la impresión de haber tenido una pesadilla pasajera, pero nadie quiso referirse al hecho. No charlaron animadamente, como era su costumbre, sino apenas hablaron lo justo para pedir más de comer y de tomar.
Las faenas fueron agotando el día. Las sombras empezaron a caer como llovizna sobre el paisaje terroso con muñones de árboles talados entre hierba y matorrales. Se reunieron en la sala una vez habían cenado. Solían cenar e irse a dormir temprano y asímismo madrugaban. Era un cuarto ya para las seis. Estaban atentos al reloj de péndulo con cajón como ataúd que destacaba a un lado del ropero con espejo roto. Sonaron las seis y sus miradas quisieron disimular un bailoteo de sus ojos para descubrir el origen de la primera pedrada, que no tardó en caer sobre la mesa de centro. ¡Santo Dios, otra vez! Doña María había recogido como treinta piedras caídas la noche anterior y las había ido a tirar lejos, sobre un cerro que alzaba su joroba en el oriente, pero ahora ya caían otras. Cuando menos se lo esperaban, una piedra grande como la mano de un mico le daba a alguien en la espalda, en el pecho, en una pierna. Debieron cubrirse la cara, mientras trataban infructuosamente de dar con el lugar de donde provenían los ataques.
- Esto es pura obra del cachudo – dijo don Milo, ya sin ocultar su miedo y su ira reprimidos. – Vayamos al patio, digamos tres padresnuestros y tres avemarías y quedémonos todos en el cuarto grande. Mañana voy a hablarle al profesor Gumaro. El tiene su pistola y le va a dar en la frente a cualquier desgraciado que nos esté dañando, aunque sea el propio diablo.
Siguieron el consejo del padre. Oraron entre golpes de piedras que impactaban los muebles de la sala.
Don Gumaro vino al otro día, valentón con la pistola al cinto. Quería mucho a esa familia y les dio clases a los dos hermanos en la escuela de aula única donde los pobladores aprendían a leer y a escribir y, los que perseveraban, obtenían su diploma de 6to. grado de primaria, que ya les valía para trabajar en oficina.
Se reunieron en la sala. Don Gumaro se mesaba los bigotes estilo Pancho Villa, se enderezaba el sombrero y llevaba con agilidad su diestra a la cartuchera del revólver. No mucho creía la historia que le contó don Milo, pero le tenía un gran respeto y decidió erigirse en defensor de la familia. Hablando de todo un poco, la primera piedra hizo impacto en su cabeza y le botó el sombrero. Su habilidad de pistolero no se hizo esperar, y uno fue desenfundar el arma y acertar dos tiros en el techo. Entre el reventar de los balazos, el humo que salió del cañón y la agitación de todos, se hizo un silencio incómodo. Don Gumaro buscaba su arma, que alguien le había arrebatado; una fuerza invisible que le abrió la mano y se la llevó, quién sabe a dónde. Buscaron por todos los contornos. La pedrea incesante los golpeada de tal forma, que optaron por salir al patio. No encontraron el revólver, sino hasta el día siguiente, cuando Sebastián al caminar topó su pie derecho contra algo duro y grande como la esquina rota de una piedra de moler, y al alzarlo del suelo, resultó ser la pistola de don Gumaro, con el cañón completamente doblado hacia atrás como si lo hubieran fundido.
CONTINUARÁ...
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Foto proporcionada por Carlos Wolters